El antisemitismo y estos días

04/Ago/2014

El Imparcial, España, Por Ricardo Ruiz de la Serna

El antisemitismo y estos días

El antisemitismo es uno
de los problemas más profundos de Europa y una de las mayores traiciones que
pueden hacerse a la promesa de dignidad, razón y libertad que nuestra
civilización representa. Los momentos más oscuros de nuestra historia están
impregnados del odio a los judíos por el hecho de serlo, un odio que condujo a
las hogueras de la inquisición, a las expulsiones, a los pogromos y,
finalmente, a la Shoah.

En la extensión del
antisemitismo desempeñaron un papel necesario ciertos “intelectuales” que
pusieron su pluma y su creatividad al servicio de la masacre, por utilizar el
término que Louis-Ferdinand Céline empleó para uno de sus panfletos antisemitas
más celebrados por nazis y colaboracionistas. Definitivamente, el compromiso de
un intelectual con una causa no lo legitima a él ni legitima necesariamente
aquello que defiende. Solemos recordar a los intelectuales que se opusieron al
fascismo o al nazismo y solemos olvidar a aquellos que celebraron el ascenso
del Reich, la ocupación de Francia y el exterminio de los judíos de Europa.
Hubo un tiempo en que ser antisemita daba prestigio, generaba las simpatías del
público y rendía pingües beneficios a los novelistas, periodistas o músicos
–pongo solo algunos ejemplos- que entraban en esa moda siniestra de incitar al
odio contra una minoría.

Tal vez fue esta
capacidad de influir en el discurso público el que logró que muchos de los
tópicos que acuñaron y difundieron sigan vivos hoy y gocen de una excelente
salud en España, como hemos podido ver en estos días y como podemos comprobar,
por desgracia, con cierta frecuencia en los últimos años. Si alguien cree que
“Los Protocolos de los Sabios de Sión” o “La France Juive” han muerto, que
venga a España estos días para sentir, a la vez, el asombro y la tristeza.

Ese odio a los judíos
–que evoca las páginas más tristes de nuestra historia, como la Expulsión de
1492- ha aflorado en estos días vestido con sus viejos ropajes o camuflado bajo
esas nuevas formas de antisemitismo que son, por ejemplo, el odio a Israel, los
ataques contra su legitimidad o los dobles raseros. Digámoslo claramente: no
toda crítica a Israel es antisemita. Muchas de las personas que han alzado su voz
en estas semanas contra las operaciones militares en Gaza, por distintos
motivos, han formulado críticas durísimas, pero esto no las convierte
necesariamente en antisemitas.

Ahora bien, por
desgracia, el antisemitismo existe y en nuestro país goza de una aceptación
cada vez más preocupante.

En España, hace muy poco,
un novelista ha recurrido a los viejos tópicos antisemitas para describir al
“pueblo hebreo”: “su cautela, su prudencia y aguante, su aparente fidelidad
religiosa y su ratificada administración de cualquier dinero”. Este pueblo,
sigue el escritor, “[…] harta a la parte de la humanidad con la que vive:
fenómeno reiterado de su historia: como si no estuviera hecho para convivir. De
pronto o se harta o se parte. Y se forma la marimorena o la marijudía”. Un poco
más adelante, este columnista vincula a esa caricatura atroz con los
acontecimientos de la actualidad: “Ahora le toca sufrir sus abusos a Gaza… Y
lo revisan todo con una apariencia de justicia indebida. Nunca son claros.
Piden lo que se les dio y que aceptaron; pero con novedad de grados,
dimensiones, beneficios y con la presión nueva que da el poder situado en otra
parte del mundo y la invisible comunidad de sangre…Normal en general, se
arregla para meter la pata al final, con los más débiles o los que disfrutan
hoy de sus tierras de anteayer… Siempre es así. No extraña que los expulsen
tanto. Lo que extraña es que los vuelvan a llamar. Porque o no son buenos o
alguien los envenena.”. Al final, este veterano autor de novelas concluye con
una excusa: “no soy racista”.

Dejemos que el lector
juzgue si el autor es o no racista a la vista de lo que escribe. El contenido,
desde luego, acoge los tópicos antisemitas más habituales condensados en unas
pocas líneas. No ha sido el único caso de texto contra los judíos estos días
pero sirve de ejemplo y basta para esta columna.

De todos modos, lo que
importa no es lo que digan, escriban o firmen los antisemitas, sino lo que
hagamos los millones –la inmensa mayoría- que aún creemos en la razón, la
libertad, la justicia y la democracia por encima de los prejuicios, los
estereotipos y los odios.

Creo que la paz entre
israelíes y palestinos es posible y creo que el mayor obstáculo que se alza
ante ella es el terrorismo de Hamás y otras organizaciones. No creo que haya
nada que incline a dos pueblos a odiarse. Ha habido y hay Estados que se han
servido del sufrimiento palestino para sus propios fines. Espero ver el día en
que Hamás y sus aliados sean una triste pesadilla y un recuerdo doloroso de un tiempo
superado. Sin embargo, sé que nada de esto aplacará a los antisemitas.

La memoria cobra su pleno
sentido cuando se proyecta hacia el futuro, cuando sirve como trampolín y no
como grillete. Los antisemitas europeos -con todo su odio, con todo su rencor,
con toda su miseria- fracasaron en su intento de condenar al pueblo judío. Hay
algo en estos seguidores de la muerte que les impide construir nada duradero ni
memorable. Incluso Céline arrastrará por siempre la tristeza y el fracaso de
haber escrito textos de muerte y de matanza. Detrás de él, quedan esas decenas
de autores que fueron aplaudidos por los nazis y sus aliados y cuyo nombre ha
caído felizmente en el olvido. A ellos se unirán esos escritores, esos
columnistas españoles que hoy buscan los breves aplausos que el antisemitismo
promete a quien lo propaga. Esos artículos, esas columnas, esos chistes serán
despreciados y jamás harán reír a nadie. Nadie sabrá quiénes los escribieron,
salvo aquellos que estudien el odio en la Europa y la España de nuestro tiempo.
Quienes los lean lamentarán ver el daño que hicieron sus textos y la nada para
la que sirvieron. Sus palabras llenas de racismo y resentimiento sonarán vacías
y huecas. Sentenciados por sus propios textos, se borrarán sus nombres.

Ese será su castigo.